Alimentos de origen marino de Fair Trade: limpiando Altata Bay en México

Al cabo de cinco años de llegar a las tiendas de alimentación, el pescado y marisco de Fair Trade Certified™ ha generado casi un millón de dólares en fondos adicionales para los pescadores y trabajadores del mercado de pescado y marisco en las comunidades costeras. Una mirada a estos fondos en acción en Sinaloa, México.

Los fondos de desarrollo comunitario generados de las ventas de pescado y marisco certificado se dispararon de los 4.000 dólares en 2013 (primer año) a los 640.000 dólares en 2017, alcanzando una cifra total desde el principio de 1 millón de dólares. Un gráfico ilustra con qué velocidad los alimentos de origen marino de Fair Trade están triunfando.

Los estándares de pesca de Fair Trade impulsan que el 30 por ciento de los fondos de desarrollo comunitario se gasten en proyectos medioambientales. Para una comunidad costera de Altata Bay, en la costa del Pacífico de Sinaloa, México, ese dinero va directamente a la basura, a la limpieza de basura, claro.

Altata Bay es el hogar de cuatro cooperativas de viveros de gambas a pequeña escala de Fair Trade. Los pescadores que trabajan en estas cooperativas votaron como un grupo para dedicar parte de sus fondos de desarrollo comunitario a múltiples limpiezas de la bahía, incluyendo la limpieza del fondo marino por parte de empresas de buceo certificadas locales, así como la limpieza de la costa con la ayuda de toda la comunidad y de escuelas locales.

Para los pescadores que viven en Altata Bay es lógico defender el equilibrio ecológico que ha mantenido a sus famílias durante generaciones. Además de compartir la bahía con una diversidad de vida salvaje incluyendo gambas, pargo rojo, cangrejos y asentamientos de conchas, también significa utilizar prácticas de pesca respetuosas con el medio ambiente. Sus barcos, llamados pangas, van a la deriva por la bahía, con sus velas de vivos colores a la merced del viento, lo que resulta en un bajo consumo de combustible y, por lo tanto, en un impacto medioambiental muy reducido. Utilizan unas redes especiales altamente selectivas llamadas suripera, para capturar las gambas y evitar la captura colateral.

Pese a que muchos de los pescadores de Altata Bay llevan toda su vida pescando, han sido testigos de la transformación radical de su modo de vida que ha ocasionado la pesca industrializada, que en estos momentos ocupa el 55 por ciento de la superficie del océano. Los barcos de pesca masiva que no comparten el mismo respeto para sus aguas y sus frágiles ecosistemas suponen una amenaza para su modo de vida y sus comunidades.

La certificación Fair Trade da poder a los pescadores a pequeña escala al recompensar las prácticas de pesca honestas y tradicionales a la vez que aporta fondos a los equipamientos seguros y los materiales educativos para ayudar a adaptar las prácticas de forma sostenible y competitiva.

Al final del día, las famílias esperan en los puertos a que regresen los pescadores con sus capturas. Los puertos se van llenando de pescadores que hablan de sus sitios de pesca, dónde han tenido éxito, y dónde no. Al comparar lo que han encontrado, saben hacia dónde irán mañana. El sentido de comunidad es simplemente el modo de vida de la bahía.

Hoy, unos 6.000 pescadores y trabajadores de los alimentos de origen marino se benefician directamente de la certificación Fair Trade.

"Fair Trade prevé un futuro en el que los compradores tendrán acceso a una amplia variedad de alimentos de origen marino de Fair Trade Certified, tanto de fuentes de piscifactoría como de pesca salvaje", nos explica Julie Kuchepatov, Director de Alimentos de Origen Marino en Fair Trade USA. "En nuestra visión del futuro, los productores de pescado y marisco tienen un fácil acceso a la plataforma de Fair Trade y, al adherirse al estándar de Fair Trade, recogerán los beneficios del fondo de desarrollo comunitario, lo que les beneficiará tanto a ellos como a sus comunidades".

 

Gabriel Tiburcio García Inzunza, de 59 años, es pescador desde hace 42 años. Según él, la mayor oportunidad en la que está trabajando su comunidad es la preservación de la bahía.

Estas coloridas barcas, llamadas pangas, van a la deriva por Altata Bay, con sus velas a la merced del viento, lo que resulta en un bajo consumo de combustible y, por lo tanto, en un impacto medioambiental muy reducido.

Juan Diego Medina Rodriguez, de 24 años, aprendió a pescar con su padre a la edad 13 años.

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